lunes, 25 de julio de 2016

Ego-cosmos

- ¿Ves eso frente a ti? Es un espejo y en él tu reflejo. 

Ella miró y solo se vió a ella misma. No había ni siquiera espejo. 

Y el mundo y demás planetas siguieron dando vueltas a su alrededor. 

Fin. 

miércoles, 6 de julio de 2016

Silencio y nada

Aquí estoy, hundiéndome en este océano  con los pies en cemento. No hay salvación. Ni modo alguno de pedir auxilio. Ni si quiera aunque el agua no acallara mis gritos. ¿De qué te sirve gritar cuando nadie te quiere escuchar?

Tan solo agonía y estos absurdos pensamientos de posibles. 

Fuera la noche apaga la luz de estas aguas, mi tumba, ahora un apacible cementerio en penumbra. 

Los pulmones luchan por última vez. Respiran sal que quema mi vida. Los pensamientos se van apagando, excepto uno de rara tranquilidad que ya no quiere gritar, total, nadie quería escuchar. Mis ojos se sumergen en la oscuridad. Todo se apaga. 

Nada. Aquí nadie grita, nadie escucha. Aquí nadie necesita de nadie. No hay nadie, ni mis gritos, ni mis pensamientos. No estoy ni si quiera yo. 

Silencio y nada. 

lunes, 17 de agosto de 2015

No más.

Aprender, olvidarte de todo lo que te aleja de la felicidad. Convertir esos problemas en nadas fugaces. 
Y no escribir más líneas sobre ello. 

lunes, 20 de julio de 2015

Blanco tras negro

Siento como la noche pesa, me roba el sueño, me rodea y me mece en este insomnio. Todo se hace más largo, como convirtiendo cada minuto en una hora, cada segundo en lo eterno. 
Miro la oscuridad con nostalgia. Ahora es distinta. Otro lugar, otra tonalidad de negro. 
Recuerdo que una vez era inmenso, el negro mas negro, el que evoca al silencio, el que se tiñe de su propio álter ego. Otra habitación se teñía de un negro con partes grisáceas, un negro bordado y a la vez roto por la luz artificial de lo que se filtraba a través de las rendijas de la persiana. Y el tercer negro era triste, mutilado por la soledad que dormía a mi lado, el nadie que me daba las buenas noches.
El negro de este ahora eterno tiene tras él un blanco cálido, nada frío. No se ve a simple vista, pero está ahí, lo sé. Ahora nadie se fue y dejó su lado de la cama a lo perfecto. Y de ahí veo irradiar ese blanco tan puro, el que lucha contra mi oscuridad. 
Este segundo ya es una década, y la noche es una simple espera de lo inevitable, de lo que pasará tarde o temprano, de la llegada de la auténtica oscuridad, la auténtica negra, la que quita el sueño y lo convierte en un adiós. Esa a la que todos temen ver llegar. 
Este minuto se convirtió en lo eterno. Un perfecto bucle irradiado de mi blanco negro. Un insomnio tan apetecible que me deja admirar, alumbrado por tu cálido blanco, tu rostro perfecto sumergido en tu propio sueño. 
La noche sigue pesando, un día más. Pero me da tiempo a observarte unas horas más, restando horas en las que mis párpados tiñen mi mirada de ese negro y me prohiben poderte ver, poderte respirar, aunque en ese reto de mirarte robando horas al sueño me haga pensar en la Dama de Negro, que me robará tarde o temprano este perfecto insomnio de sueño. Tú, mi sueño en blanco tras el negro. 

sábado, 1 de febrero de 2014

La espera

La ventana estaba empañada y mi cara respiraba sobre ella.

Estaba esperando verte llegar. Ver a tus pasos arrastrarse por la esquina después de un largo día de trabajo. Ver como el viento cesaba de empujarte el cabello cuando te metías a cubierto en la brigada de nuestra calle. Verte mirar hacia nuestra ventana esperando ver luz en ella como cada día, luz que te recibía con un cálido abrazo.

Pasaban ya 20 minutos de la hora en la que solías llegar y el vaho me impedía ver más allá de mis nervios.

Recordaba una canción en mi mente. Jugaba imaginariamente a un tres en raya sobre la ventana. Ni el empate que la letra entonaba me salía. Yo perdía conmigo mismo.

Las luces de la calle se empezaron a encender coincidiendo con el apagón crepuscular. Las ventanas de los vecinos estaban hace rato ya iluminadas y, tras las cortinas, siluetas que bailaban al son de esa canción.

Un anciano aparcó sus pasos en un banco  de la calle para atar los cordones de sus zapatos marrones, manchados, cansados. Tras el pequeño trabajo su cabeza se levantó y su mirada coincidió con la mía. Esos ojos tenían algo que me resultaba conocido. A la vez en su boca se encendió una sonrisa, justo en el instante que la farola junto al banco parpadeaba. Esa sonrisa peculiarmente cálida, perfecta, permanente.

Me dí cuenta de todo en ese preciso instante. Todo encajó como una pieza que, recién engrasada, comienza de nuevo a moverse en cualquier máquina. En la ventana pasaron días. Entre el vaho enterré varias de mis vidas. Y en la calle conocida, grisácea y mortecina dejé pasar cada una de las sinfonías que me acompañaron desde tú partida. Me habías dejado hacía tiempo. Un cajón guardó todos tus secretos y yo, allí quieto, me quedé roto, triste y también muerto. Contigo se fueron todos mis sentimientos, solo me quedé como una cáscara marchita, fría y perdida que era ahora sin ti. Aquella esquina nunca sería doblada por ti jamás. El tres en raya siempre quedaría por terminar. Mis días quedarían en vilo. No había sentido en nada.

El cielo estaba ya completamente negro. Bajé mi mirada hacía el banco de nuevo vació. Con mi mano limpié la ventana para ver bien, el vaho no era de gran ayuda cuando tus ojos están censurados por las lágrimas. La luz volvió a temblar iluminando el banco vació, solitario y perdido, como yo.

La ventana estaba de nuevo empañada y mi cara lloraba sobre el cristal. No había más.

Volví a esperar verte llegar. Ver tus pasos arrastrarse por la esquina después de un largo día de trabajo. Esperaba volver a olvidar para tener esperanza en verte de nuevo llegar. El cielo amanecía y el vaho volvió a empañar mi cristal. Estaba esperando verte llegar.

jueves, 11 de julio de 2013

Un buen día

Hoy recordé lo que era sentirse bien, ser muy feliz, tener un buen día.

Me desperté como cualquier día. El calor no dejaba que sonara el despertador, mucho antes de que este se pronunciase ahí estaba él, moviendo mi hombro con gotas de sudor para que cese mi sueño y me levante más cansado que como me acosté. El café se había acabado. No había tampoco pan para tostadas. Tan solo un poco de mantequilla y galletas. El agua había quedado fuera de la nevera. 

Cogí lo único que quedaba en mi galán de noche. Una camiseta con olor a sudor y los pantalones rojos, rotos en cualquier sitio, incluso en los imaginables. Guardé mi móvil en el bolso derecho del pantalón porque en el izquierdo, donde siempre va, estaba roto. Abrí la puerta, salí y cerré, dejándome las llaves dentro de casa.

El ascensor no subía. Me tocó bajar los 7 pisos, más entre planta, caminando. Quizá eso no sería tan duro si no estuviera pensando en la vuelta a casa, en que si el ascensor entonces aún no funcionase habría que repetir esa misma jugada pero a la inversa.

En la calle corría una fresca brisa, no era un calor sofocante como el de casa. Por las mañanas en las que no tenía nada que hacer siempre me gustaba dar un paseo. Nada más empezar con la tarea, al doblar la esquina, mis zapatillas se encontraron con un grato regalo de perro. Muy simpático su dueño.

El parque estaba atestado de niños que, ya sin clase, jugaban acompañado de, donde antes era casi todos abuelo, ahora abundaban padres parados. Uno de los niños me quiso regalar su saludo con un balonazo firmado por Nike en la cara. El parque no se quiso quedar atrás, la fuente con la que pretendía lavarme la cara y quitar un poco el dolor estaba sin agua.

Mi paseo continuó sin ningún incidente más a destacar, bueno, quitando que se me cayeron al suelo las gafas de sol y se ralló el cristal y se rompió del todo la patilla que estaba ya agonizando hacía unas semanas.

De vuelta a casa, y después de una llamada para que me esperaran para entrar en casa, tocó visita a mi abuela, la cual no estaba, ni cogía el móvil ni el fijo. Total, que por terceros me enteré que había ido a la finca de mi tío a pasar el día. 

Retrocediendo por el camino más corto me dirigí al kiosco. Hoy me tocaba hacer la comida y, por consiguiente, llevar el pan. El primer kiosco, el de todos los días, estaba cerrado: hoy  empezaban su quincena de vacaciones. Precisamente hoy. A 10 minutos estaba el más cercano. Este no estaba cerrado, pero tenía a tres personas por delante, una de ellas contándole su vida y memorias, a la vez que las de todo el vecindario, a la dependienta, la cual tenía replica y comentarios para cada uno de ellos. Tras casi 20 minutos de regar mis oídos con la vida sentimental, desventuras y "me han dicho" de toda la cristiandad, el papa y cada uno de los monasterios, no tardé mucho en ser atendido. No había barras normales, ni pan de pueblo, ni bagguettes, ni colines, ni tampoco barras rústicas, integrales o de centeno. No quedaba más que un bollicao abandonado tras el ataque de los nietos de los dueños del kiosco. Tocó dirigirse a casa con las manos vacías, la caza no había sido buena.

Como ya debía de haberme imaginado el ascensor no funcionaba y, a casi 40 grados, lo mejor no es subir 8 pisos a las 2 de la tarde. En el 5 piso tocó una grata sorpresa, los hijos de una vecina, recién llegados del parque, no habían tenido bastante con jugar al fútbol antes que ahora utilizaban el ascensor, abierto hasta atrás, de portería. Educando bien a los niños con una grosería que dejaría sorda a cualquier madre por el pitido que debí de provocarle subí al ascensor para acabar con mi sufrimiento. Esperaba que ya hubiese llegado.

- 7ª planta, abriendo puertas.

Siempre contesto a estos bichos, es superior a mí, y más cuando voy estresado. Con un "Gracias maja" despaché al ascensor y caminé hacia la tan ansiada letra de mi puerta. Llamé al timbre. Nada.

Nada.


Nada.


Nada.




Se escucharon pasos.

Abrieron la puerta, una sonrisa y despertó a mi corazón. Sonaba como si llamasen continuamente a la puerta, a mi puerta.

Esos ojos me recibieron como cada vez. Tanto dentro de ellos y tanto por contarme. Entré en casa con un beso y cerré la puerta. Atrás se quedaba lo que había pasado, olvidado. Todo había sido una necesidad para aquel momento. 

Esto es tener un buen día. Un maravilloso y perfecto día.

lunes, 27 de febrero de 2012

Recordaré


Muchas veces me sentí caminar solo, sin nadie alrededor, ni un solo caminante con el que me cruzara ni que levantara la vista del suelo para mirarme. Ni uno solo. Ni siquiera de esos que te ignoran al pasar como si nadie más que él estuviera ahí, en ese camino.

Cuando aparece algo que te hace parar en el camino y abrazar ese momento y a las personas que aparecen en él, el tiempo se detiene y ese instante se hace eterno, capturando cada detalle en cosas y momentos que no se pueden olvidar.

En el instante en que me sentí abrazado aún sin tocarnos me pareció el momento perfecto para capturarlo, guardarlo y añadirlo a mi archivo personal. Me sentí tan grande que nadie podrá bajarme ni achicarme hasta que alguno de vosotros desaparezca de mi recuerdo. Y eso no sucederá.

Sigo mi camino, pero no voy solo. Me siento observado y eso hace que exista.