sábado, 2 de junio de 2018

La lluvia sobre el jardín seco

Esta es una historia de tormentas, una historia de poco amor, al menos por tu parte. La lluvia que amaba al trueno, pero el trueno que amaba al desastre.
El invierno abrazaba todo desde el principio, un invierno de hielo, un invierno constante. Nunca hubo primavera anticipada, solo nuestra hiel que formaba enjambres. 
Al final todo era un paraje dantesco con surcos secos y flores muertas. Hubo alguna rosa en mi rostro regalo de tus manos, miserables pasajes de tu repentino amor: el odio y la violencia.
Como una nube blanca yo deambulaba, ya sin lluvia con la que llorarte. No me quedaba amor en las entrañas, tampoco odio alguno para empaparte.
Hueco este árbol se quebraba solo. Hueco el corazón, desnudo y sin ramaje. Ya no brotarán jamás las flores. No latirá jamás para nadie.
Veo esa cruz en este jardín seco. Mi nombre está tallado en sus vetas amables. Todo es el resultado de mis sentidos te quiero. Todo es culpa de un cobarde. 

jueves, 24 de noviembre de 2016

Una sala de estar vacía

Siempre me encuentro en alguna sala de estar. Da igual como sean. Grandes, pequeñas, luminosas, sombrías, con muchas plantas, sin apenas decoración, lujosas, sencillas... da igual, siempre estoy. 
Soy de esas personas a las que les gustan las visitas. Y soy una de esas personas a las que les gusta y necesitan estar cuando alguien lo necesita. Solo es llamarme y estoy. Unas veces para ir al cine, otras para tomar un café y otras, en malos momentos, para visitar esa sala de estar que necesita compañía. Siempre estoy cuando se me llama. 
Ahora, en medio de mi sala de estar hay un ataúd. Un velatorio improvisado. Y en esa sala de estar solo estoy yo. 
Cuando pensaba en las visitas me imaginaba que la gente seria recíproca, que sabria recordad. Pero que fácilmente olvidé que recordar es un don de prioridades. Se recuerda lo que se necesita para sobrevivir, y mucha gente solo necesita para sobrevivir a si mismas. Entonces, dentro de esa ecuación, desaparece el recordar. Saben llamar para pedir auxilio, para recibir una visita de consuelo o apoyo, pero se les olvida cómo responder, como llamar a una llamada perdida. 
Pues bien, aquí me tenéis, en mi sala de estar, en mi bonito ataúd nuevo, gritando, encerrado en él. 
Nadie escucha, nadie quiere responder. Y eso que no soy de los que gritan en silencio. 

lunes, 25 de julio de 2016

Ego-cosmos

- ¿Ves eso frente a ti? Es un espejo y en él tu reflejo. 

Ella miró y solo se vió a ella misma. No había ni siquiera espejo. 

Y el mundo y demás planetas siguieron dando vueltas a su alrededor. 

Fin. 

miércoles, 6 de julio de 2016

Silencio y nada

Aquí estoy, hundiéndome en este océano  con los pies en cemento. No hay salvación. Ni modo alguno de pedir auxilio. Ni si quiera aunque el agua no acallara mis gritos. ¿De qué te sirve gritar cuando nadie te quiere escuchar?

Tan solo agonía y estos absurdos pensamientos de posibles. 

Fuera la noche apaga la luz de estas aguas, mi tumba, ahora un apacible cementerio en penumbra. 

Los pulmones luchan por última vez. Respiran sal que quema mi vida. Los pensamientos se van apagando, excepto uno de rara tranquilidad que ya no quiere gritar, total, nadie quería escuchar. Mis ojos se sumergen en la oscuridad. Todo se apaga. 

Nada. Aquí nadie grita, nadie escucha. Aquí nadie necesita de nadie. No hay nadie, ni mis gritos, ni mis pensamientos. No estoy ni si quiera yo. 

Silencio y nada. 

lunes, 17 de agosto de 2015

No más.

Aprender, olvidarte de todo lo que te aleja de la felicidad. Convertir esos problemas en nadas fugaces. 
Y no escribir más líneas sobre ello. 

lunes, 20 de julio de 2015

Blanco tras negro

Siento como la noche pesa, me roba el sueño, me rodea y me mece en este insomnio. Todo se hace más largo, como convirtiendo cada minuto en una hora, cada segundo en lo eterno. 
Miro la oscuridad con nostalgia. Ahora es distinta. Otro lugar, otra tonalidad de negro. 
Recuerdo que una vez era inmenso, el negro mas negro, el que evoca al silencio, el que se tiñe de su propio álter ego. Otra habitación se teñía de un negro con partes grisáceas, un negro bordado y a la vez roto por la luz artificial de lo que se filtraba a través de las rendijas de la persiana. Y el tercer negro era triste, mutilado por la soledad que dormía a mi lado, el nadie que me daba las buenas noches.
El negro de este ahora eterno tiene tras él un blanco cálido, nada frío. No se ve a simple vista, pero está ahí, lo sé. Ahora nadie se fue y dejó su lado de la cama a lo perfecto. Y de ahí veo irradiar ese blanco tan puro, el que lucha contra mi oscuridad. 
Este segundo ya es una década, y la noche es una simple espera de lo inevitable, de lo que pasará tarde o temprano, de la llegada de la auténtica oscuridad, la auténtica negra, la que quita el sueño y lo convierte en un adiós. Esa a la que todos temen ver llegar. 
Este minuto se convirtió en lo eterno. Un perfecto bucle irradiado de mi blanco negro. Un insomnio tan apetecible que me deja admirar, alumbrado por tu cálido blanco, tu rostro perfecto sumergido en tu propio sueño. 
La noche sigue pesando, un día más. Pero me da tiempo a observarte unas horas más, restando horas en las que mis párpados tiñen mi mirada de ese negro y me prohiben poderte ver, poderte respirar, aunque en ese reto de mirarte robando horas al sueño me haga pensar en la Dama de Negro, que me robará tarde o temprano este perfecto insomnio de sueño. Tú, mi sueño en blanco tras el negro. 

sábado, 1 de febrero de 2014

La espera

La ventana estaba empañada y mi cara respiraba sobre ella.

Estaba esperando verte llegar. Ver a tus pasos arrastrarse por la esquina después de un largo día de trabajo. Ver como el viento cesaba de empujarte el cabello cuando te metías a cubierto en la brigada de nuestra calle. Verte mirar hacia nuestra ventana esperando ver luz en ella como cada día, luz que te recibía con un cálido abrazo.

Pasaban ya 20 minutos de la hora en la que solías llegar y el vaho me impedía ver más allá de mis nervios.

Recordaba una canción en mi mente. Jugaba imaginariamente a un tres en raya sobre la ventana. Ni el empate que la letra entonaba me salía. Yo perdía conmigo mismo.

Las luces de la calle se empezaron a encender coincidiendo con el apagón crepuscular. Las ventanas de los vecinos estaban hace rato ya iluminadas y, tras las cortinas, siluetas que bailaban al son de esa canción.

Un anciano aparcó sus pasos en un banco  de la calle para atar los cordones de sus zapatos marrones, manchados, cansados. Tras el pequeño trabajo su cabeza se levantó y su mirada coincidió con la mía. Esos ojos tenían algo que me resultaba conocido. A la vez en su boca se encendió una sonrisa, justo en el instante que la farola junto al banco parpadeaba. Esa sonrisa peculiarmente cálida, perfecta, permanente.

Me dí cuenta de todo en ese preciso instante. Todo encajó como una pieza que, recién engrasada, comienza de nuevo a moverse en cualquier máquina. En la ventana pasaron días. Entre el vaho enterré varias de mis vidas. Y en la calle conocida, grisácea y mortecina dejé pasar cada una de las sinfonías que me acompañaron desde tú partida. Me habías dejado hacía tiempo. Un cajón guardó todos tus secretos y yo, allí quieto, me quedé roto, triste y también muerto. Contigo se fueron todos mis sentimientos, solo me quedé como una cáscara marchita, fría y perdida que era ahora sin ti. Aquella esquina nunca sería doblada por ti jamás. El tres en raya siempre quedaría por terminar. Mis días quedarían en vilo. No había sentido en nada.

El cielo estaba ya completamente negro. Bajé mi mirada hacía el banco de nuevo vació. Con mi mano limpié la ventana para ver bien, el vaho no era de gran ayuda cuando tus ojos están censurados por las lágrimas. La luz volvió a temblar iluminando el banco vació, solitario y perdido, como yo.

La ventana estaba de nuevo empañada y mi cara lloraba sobre el cristal. No había más.

Volví a esperar verte llegar. Ver tus pasos arrastrarse por la esquina después de un largo día de trabajo. Esperaba volver a olvidar para tener esperanza en verte de nuevo llegar. El cielo amanecía y el vaho volvió a empañar mi cristal. Estaba esperando verte llegar.