martes, 5 de abril de 2011

Palabras

Ver escrito con palabras algo que te atraviesa el alma, que te hunde, que te parte los esquemas en mil pedazos, que te hace llorar, que te recuerda lo poco que eres, que te dice a gritos lo malo que es el mundo y que tu vives en ese mundo...

Ver escrito con palabras algo que crea dolor es... algo que no se puede describir con palabras.

viernes, 4 de febrero de 2011

Soñé, sueño, soñaré.


Fue hace mucho, mucho tiempo, cuándo el mundo no era mundo, cuándo el aire era arena, cuándo el tiempo no existía, cuándo el cielo era el suelo, cuándo las estrellas no eran más que niños con sus madres, cuándo el agua era hielo y el hielo era la nada.

Todo esto ocurrió cuándo nada existía, cuándo existir era ser nada, cuándo obligarse a ver era cerrar los ojos, y la oscuridad era una gran luz.

Es una historia lejana, es una historia de retrocesos, de retornos al punto de partida.

Es una leyenda que no existió, pero es una leyenda vieja, tan vieja como lo que nunca sucedió. Tan anciana como la vida, mucho más.

Es la historia de un sueño, un sueño viejo, tan viejo como la leyenda vieja, como el tiempo, mucho más aun.

Es un sueño que soñaba con ser un sueño cumplido pero que jamás se cumplirá porque, si así sucediese, ese sueño estaría realizado y no habría nada por lo que soñar.

martes, 1 de febrero de 2011

Directo al cielo


Atrás quedaba el cementerio. Atrás quedaba mi vida. Los pasos me llevaban sin que yo les diera la orden lejos, muy lejos, a refugiarme junto con mi dolor. Un dolor que no existía, una pena que intentaba aparentar, ya había perdido todos mis sentimientos. Quería sentir dolor por todos los que lloraban junto a la tumba, quería sentir pena por no poder consolarlos ni retirar de sus caras las lágrimas que cubrían su rostro.

Mis pasos seguían alejándome de allí pero, en mi mente, el recuerdo lo era todo. No sabía mi destino, no sabía si mis piernas dejarían de moverse alguna vez. No importaba. No tenía ninguna duda de que me llevarían al lugar correcto, a donde tenía que estar en ese momento, a un lugar oportuno para mí.

Fueron muchas horas, quizá días o meses lo que tardé en llegar a un lugar despejado, sin nubes, sin paredes, sin suelo y sin cielo. No se cuánto tardé, pero estaba allí, en el lugar elegido, el lugar correcto. Quizá fui directo al cielo. Quizá al infierno. O a algún lugar intermedio. O a una nada que no existía, de la que nadie había hablado jamás, a un lugar que, realmente, no existía, que solo era cosa de mi mente. Pero allí estaba, en aquel extraño y desconocido lugar pero muy tranquilo. En mi mente solo quedaban pequeñas motas de polvo de lo que había ocurrido antes de empezar a andar. La gente, mi gente, junto a aquel hueco abierto en tierra, mi tumba. Sus ojos empañados por aquellas tristes lágrimas, lágrimas por mí. Aquellos besos y abrazos que jamás me darían, mis besos y mis abrazos. Y es que me fui sin decir adiós, sin despedirme, de la forma más pobre en la que se puede ir una persona. Me fui por la puerta de atrás, me fue dando un mal paso y con una mala decisión. Me fui desde la altura al agua y, en unos instantes, al no respirar, al no ver, al no llegar a la superficie, al llorar por mis errores sumergidos en mi cárcel de agua. Lloré por que me equivoqué, porque yo era fuerte y había saltado a mi propia muerte. Lloré hasta que no me quedaron más lágrimas, hasta que mis ojos no pesaban, hasta que mis ojos no necesitaban ver ni mis pulmones tener aire dentro de ellos. Y entonces volé.

Vi demasiadas cosas en vida. Y ahora no vería más. En este lugar no tenía manera de saber nada sobre lo que dejé atrás. Aquí estaba solo. Quizá fui directo al cielo, pero un cielo sin mi propia vida, no es un cielo digno de ser vivido, un cielo sin las vidas que formaban la mía propia, no es un lugar digno para nada ni nadie. Lo supe en ese momento: no había mejor cielo, que el que había dejado con un paso hacia el vació. El mejor cielo, mi cielo, era el que dejé junto a mi tumba. Mi cielo era la vida. Y ahora la había perdido.

martes, 30 de noviembre de 2010

Lluvia


Las calles están empapadas, lágrimas de tristezas pasajeras. Los coches están silenciados, la tormenta perfecta estalló. Los charcos no son aptos para niños, nadie puede vaciar lo que ellos guardan, son vasos naturales, ni medio llenos ni medio vacíos, ni transparentes ni opacos.

Las nubes ocultan el sol, su calor está ausente. Mi piel se eriza, siente su frío. Los paraguas no valen hoy, simples siluetas, esa es su única utilidad. El aire es más fuerte y gran amigo de la lluvia.

Con tela empapada vuelvo a casa, aquí tampoco hay calor, mi tristeza salió de los charcos y volvió a casa, conmigo.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Dos dudas, ¿o dos respuestas?

¿Cuánto tiempo se necesita para olvidar?





¿Cuánto tiempo se necesita para darte cuenta que no es necesario olvidar si no simplemente aprender a vivir con lo que te tocó en la vida?

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Belleza


Amanece rosado el día, la noche termina y trae, con su lenta muerte, un cielo salpicado de sangre. Tras la oscuridad nace la belleza del nuevo día pero, con el amanecer, muere la belleza oscura de la noche. Las estrellas se ocultan con un destello de luz que ciega a mis ojos y no pueden apreciarlas para buscar un meteoro a toda velocidad rajando el firmamento para desear lo imposible.

Con este nuevo alumbramiento despierta la vida verde. Un nuevo nacimiento diario. Las flores se expanden para recibir al nuevo día, despliegan su vida y abrazan el calor.

El día pasa, a su ritmo, deprisa y despacio, siempre las dos cosas a la vez, para que la muerte ahogue al día y todo termine y vuelva a empezar de nuevo.

La belleza del crepúsculo despide a la luz y vuelve a nacer la sutileza de lo bello. Las estrellas vuelven a iluminar tenuemente el oscuro cielo. La sangre derramada hace unas horas vuelve a sus entrañas para acompañar miles de sueños, arroparlos en la noche y mecerlos hasta que se vuelva a terminar y a empezar todo de nuevo.

Después de todo, la belleza es saber mirar. Es saber distinguir lo que tiene de bello cada momento, cada instante, cada segundo, cada milésima de segundo...

martes, 16 de noviembre de 2010

Tantas palabras por decir




Se fue como vino, una tarde, con los ojos cerrados, en paz. O al menos eso es lo que quiero creer.

Aun no me salen las palabras, no tengo despedida, simplemente un hasta luego. Tarde o temprano nos volveremos a ver, volveré a escuchar tú ruido por el salón, a ver tus ojos.

Un solo consuelo me acompaña, aunque siempre con lágrimas, fue feliz, tan feliz con lo que le pudimos dar que de otro modo no hubiese conocido, tan solo hubiese sido un día de plástico y luego nada más.

Sigo escuchando el despertador cada 3 horas, aun sigue sonando, y me levanto para volver a ver tu mirada, para sentirte en mis manos, para calentar tu cuerpo por dentro con un poco de vida. Aun me levanto del sofá para asomarme a dónde no estás y, trepando por mi pantalón, veo algo que quedo de tí, lo que está en ella, lo que vive aun en mi casa.

No puedo recordar aquel domingo o más bien no quiero. Todo se fue, incluido una parte de mí contigo. Quiero pensar que fuiste a cuidar de quien se fue antes que tú, a jugar y correr en algún lugar junto con los que no conocí. Quiero creer que ahora eres aun más feliz. Pero me faltas, no sabes como me faltas y aun tengo tantas palabras por decir y que las lágrimas no me dejan, que solo puedo resumirlo en un 'hasta siempre, pequeño'.